A 20 años de la muerte de «El Potro» Rodrigo

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Hace 20 años, en el mejor momento de su carrera, con grandes convocatorias de público, una fuerte presencia mediática y una profusa cantidad de hits coreados por todas las edades, moría en un accidente automovilístico, a los 27 años, Rodrigo Bueno, «El Potro», el músico cordobés que popularizó el cuarteto en Buenos Aires, a partir de una propuesta artística que lo acercaba al estatus de una característica estrella de rock.

La vida de Rodrigo, con su vertiginoso ascenso, su encandilante estrellato y la intensidad de cada uno de los acontecimientos que lo rodeaban, pareciera incluso simbolizar aquel viejo adagio punk que sugiere vivir rápido y morir joven, que terminó de tomar sentido definitivo la madrugada del sábado 24 de junio de 2000, cuando se estrelló la camioneta en la que viajaba junto a un grupo de colaboradores y amigos, en la Autopista Buenos Aires-La Plata.

Aunque hacía varios años que venía batallando para conquistar al público porteño, fue recién poco antes de su muerte que el cuartetero comenzó a gozar las mieles del éxito, gracias al irresistible ritmo y las pegadizas melodías de sus canciones, y a su inconmensurable carisma.

No había en aquellos días una persona de cualquier edad y clase social que desconociera éxitos como «Lo mejor del amor«, «Soy cordobés«, «El amor sobre toda diferencia social», «Y voló», «Cómo olvidarla» y «La mano de Dios», entre otros.

Hijo de un productor musical y una compositora, tuvo un precoz debut discográfico a los cinco años, con un álbum infantil llamado «Disco Baby» y distintas colaboraciones con el grupo Chébere.

También temprana fue su llegada a Buenos Aires, a los 14 años, en busca de un éxito que le resultaba esquivo en su tierra natal.

A partir de 1987, Rodrigo grabó una gran cantidad de discos y actuó en las más reconocidas bailantas porteñas y del conurbano, en tiempos en que la música tropical comenzaba a ganar espacio entre los jóvenes de clase media.

Uno de los primeros grandes éxitos de Rodrigo, «Himno del cucumelo», era precisamente una composición perteneciente a Las Manos de Filippi, un grupo que se mueve dentro del universo del rock.

A partir de allí se sucedió un éxito tras otro, con los títulos mencionados antes, y una cada vez mayor presencia mediática, que de manera paulatina fue trascendiendo lo estrictamente artístico.

Poco antes de su muerte, en abril de 2000, Rodrigo vivió el momento culminante de su carrera cuando llenó varios estadios Luna Park, en una ambiciosa puesta que contó con un imponente despliegue mediático.

Como un guiño a la «porteñidad», ante una multitud, el artista se presentó caracterizado como un boxeador, justo en ese reducto que guarda los ecos de tradicionales veladas que hacen a la historia cultural de la ciudad. En ese gesto y la respuesta obtenida, quedó sellado el romance definitivo entre el músico y Buenos Aires.

Acaso marcado por el destino, la noche del 23 de junio de 2000, Rodrigo coincidió en un lugar con Fernando Olmedo, hijo del recordado Alberto Olmedo, y lo invitó a que lo acompañara por los distintos locales en donde debía actuar.

Tras varios reductos y kilómetros recorridos, en una extraña maniobra en la que participó otro auto, se produjo el fatal accidente y puso fin a una vertiginosa carrera que había puesto a «El Potro» en los primeros planos.

Como lógico corolario, hubo en los medios un desfile de ex parejas, madre, mánagers y supuestos amigos, todos peleando entre sí y enredados en conflictos y denuncias varias. Pero, tal vez lo único y más importante, también abrió paso al mito del hombre que vivió rápido, murió joven, pero se llevó puesta la medalla de rey cordobés en casa ajena.

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