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Claudia Silvina Colo, asesinada el 15 de enero de 2000 : 26 años de ausencia

Pasaron 26 años.

Locales

Y los juninenses que tienen memoria seguramente recordarán la conmoción que produjo aquella madrugada de domingo 16 de enero del 2000, un hallazgo doloroso.

La ciudad en general estaba ajena a la búsqueda desesperada de una familia por dar con Claudia con quien no habían logrado contactarse desde aquellas primeras horas de la tarde.

Claudia no iba a ir a almorzar a su casa. Prefería terminar un trabajo –en la aseguradora – .

Seguramente quería disfrutar ese fin de semana que se anunciaba familiar por un festejo que ya estaba organizado.

De pronto… el mundo de la familia Colo se detuvo…tras horas de búsqueda la iban a encontrar…pero de la peor manera.

No más festejos.

Nunca más verla llegar después de una jornada agotadora de trabajo.

Nunca más el bullicio de Claudia y sus amigas.

Nunca más se iba a sentar a la mesa a compartir un mate.

Indefectiblemente me vienen a la memoria las estrofas de un poema de Evaristo Carriego que mi madre me recitaba en la infancia.

“Con la vista clavada sobre la copa,

se halla, abstraído el padre desde hace rato:

pocos momentos hace rechazó el plato

del cual apenas quiso probar la sopa.

De tiempo en tiempo, casi furtivamente,

llega en silencio alguna que otra mirada

hasta la vieja silla desocupada que alguien,

de olvidadizo, colocó enfrente.

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Por un lado, una familia destrozada, amigos que no podían digerir lo que estaba ocurriendo. Compañeros de trabajo presas de una angustia sin fin.

El cuerpo sin vida de Claudia Silvina Colo, de 25 años, iba a aparecer “prolijamente” en el interior de una bolsa de consorcio.

Las crónicas policiales se iban a escribir con un seguimiento minucioso que con voracidad leían los juninenses.

Días después, la verdad.

Una verdad que golpeaba a toda una comunidad.

A Claudia la había asesinado un compañero de trabajo. Aquel que se ocupaba de las cuestiones informáticas de la empresa aseguradora ubicada en Rivadavia entre Guido Spano y Winter.

José Luis “Perico “ Correa, por entonces de poco más de 30 años, aquel sábado cerca de las tres de la tarde, utilizando una copia de la llave de la empresa –que había hecho hacer en Cerrajería Alcolea-, entraba para apoderarse de dinero y cheques de la caja de seguridad.

Lo que no habrá imaginado era que Claudia estaba sentada apurando el trabajo.

Se vio descubierto….habrán intercambiado algunas palabras…ella habrá intentado evitar el robo….y llegaría el golpe….

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Entre las tres de la tarde del sábado y la una de la madrugada del domingo, padres, hermanos, cuñados, amigos de Claudia no pararían de buscar.

Fueron ellos los que ingresaron a la firma para encontrarse con la bolsa…acomodada como para sacarla de allí.

Una mano la palpó y tocó un pie…..

Gritos, desesperación, salir a la calle pidiendo ayuda en el preciso instante en el que iba a pasar un patrullero.

Una calle cortada….funcionarios de fiscalíauniformados….peritos….todos en el local de la aseguradora buscando rastros….tratando de armar un rompecabezas.

Un detective hábil vio un par de actitudes extrañas y puso los ojos allí.

El fiscal había convocado al especialista que manejaba las cuestiones informáticas de la empresa, para de esa manera acceder al sistema y rastrear los movimientos que durante su trabajo había realizado Claudia…buscando una pista….algo…una pieza que podía o no ser importante pero debía ser analizada.

Así llegó Correa aquella madrugada. Con cara de sueñocamisa de mangas largas…-a pesar del calor agobiante– . Primer llamado de atención. ¿ocultaba algo debajo de la tela que cubría los brazoss?.

Mientras quienes estaban en la oficina evitaban pisar el espacio donde había sido encontrada la bolsa con el cuerpo de Claudia, el técnico pasaba como si nada. Un nuevo elemento para estar atento.

Señales apenas….pero no para un ojo avezado… aun cuando el director de la investigación, ante su comentario, le haya dicho: ¿ quién crees que sos, Sherlock Holmes?.

El tiempo diría que sí…porque investigación mediante la justicia probó que el autor del crimen había sido Correa.

El compañero de trabajo, que no iba a permitir que alguien se le cruce en el camino cuando su objetivo era claro: llevarse lo que encontrase en la caja de seguridad de Unión Berkley.

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Transcurrieron 26 años desde la muerte de Claudia Colo.

El asesino cumplió su condena y ya recuperó la libertad.

Pero la silla sigue vacía.

Parte de la familia, seguramente, se habrá acostumbrado a vivir con ese dolor. Otra, tal vez, la siga esperando.

Y la sociedad no olvida uno de los crímenes que más la conmocionó.

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