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La Epilepsia: ¿Una enfermedad divina o maldita?, por el Doctor Miguel Pagano, Director del Departamento de Neurociencia de Fundación Barceló

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a epilepsia es una de las enfermedades más controvertidas y más estudiadas en la historia de la humanidad. Ha estado siempre rodeada de un halo de misterio y ha causado la fascinación tanto de los expertos como de personas ajenas al campo de la medicina. 

Se estima que, en el mundo, alrededor de 50 millones de personas la padecen y unas 6 a 7 personas de cada 1000 presentan cuadros compatibles con epilepsia. Cada año se diagnostican de 2,3 a 2,5 millones de casos nuevos. El impacto que produce en la persona que recibe el diagnóstico, así como las dificultades y cambios en la calidad de vida, el proceso de aceptación, la resignación y los vaivenes psicológicos que invaden al paciente y su entorno son otros de los condimentos que hacen de la epilepsia una enfermedad única en su concepción, y que requiere las más de las veces acercamientos multidisciplinarios para su tratamiento.

En los párrafos que siguen se hará una breve historia de esta enfermedad y se señalarán los avances modernos que posibilitaron su enfoque integral.

Esta enfermedad es conocida desde épocas remotas. Es mencionada ya en el código de Hammurabi Babilónico al menos 2000 años A.C. A lo largo de las centurias posteriores hay registros también en la medicina egipcia (papiro de Smith datado del 1700 A.C; China (Libro Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo d Huang Di Nei Ching, de los inicios de la medicina china) e hindú (Texto de la medicina ayurvédica: Charaka Samhita) entre otros.

En la mayoría de los antecedentes citados se reconocía el carácter espectacular de la epilepsia, como una enfermedad crónica en la cual, en forma las más de las veces sorpresiva se producían episodios (o “crisis”) de pérdida súbita de la conciencia con recuperación completa posterior, en un tiempo corto de escasos minutos. Estas características generales se siguen considerando en la actualidad. Los autores médicos de aquellas épocas no pudieron sustraerse de las convicciones populares y, mayormente, atribuían las crisis convulsivas de la epilepsia a causas “divinas” o “malditas” o bien a estados de “locura”. 

Fue necesaria la entrada en escena de la medicina griega, representada principalmente por Hipócrates de Cos, quien alrededor del 460 A.C., en su tratado sobre “la enfermedad sagrada” llama la atención sobre el origen concreto y específico de la epilepsia en el cerebro. La enfermedad queda así despojada de su carácter divino o maldito y entra, paulatinamente, en un proceso de secularización que perdura hasta nuestros días. El nombre acuñado por los griegos de la enfermedad fue epilambánein (que significa “ser tomado por sorpresa”, término que devino en Epilepsia).

Con posterioridad numerosos autores, de diferentes procedencias, continuaron explorando y realizando aportes. Pero recién hacia el año 1870, con las investigaciones del Neurólogo londinense Hughlings Jackson, quien precisó que las crisis epilépticas eran productos de descargas eléctricas generadas por grupos de neuronas y su consiguiente propagación a todo el cerebro. Esta concepción, que fue confirmada y persiste en la actualidad, inició la era moderna de la concepción de la epilepsia. El siguiente gran hito lo llevó a cabo el Psiquiatra Alemán Hans Berger (1920), quien desarrolló la técnica de la Electroencefalografía (EEG), a través de la cual se hizo posible la visualización de aquellas descargas en el sujeto con crisis epilépticas.

En la actualidad se reconocen dos tipos de crisis epilépticas, las que se describen sintéticamente:

  1. Ganeralizadas. (Como es el caso de las crisis tónico-clónicas generalizadas del llamado “gran mal epiléptico”). En este tipo de crisis es crucial el EEG para su diagnóstico, siendo menos importante las neuroimágenes como la resonancia magnética nuclear (RMN) del cerebro.
  2. Parciales (o focales). (como las crisis somatomotoras o la epilepsia del lóbulo temporal. En estas el mayor aporte diagnóstico es con la RMN y se complementa con el EEG.

En el siglo XX, y continuando en el actual, en línea con la cada vez mejor comprensión de la enfermedad, se produjo un impresionante avance en el desarrollo de fármacos antiepilépticos, lo que permitió una mayor eficacia en el control de las crisis a la par que una minimización de los efectos colaterales. También ha ido mejorando, a través de la interacción con equipos de trabajo, el apoyo psicológico que requieren muchos de estos pacientes; así como también la realización de reuniones conjuntas en grupos de autoayuda, en las que los pacientes pueden consultar sus dudas, recibir las enseñanzas necesarias y compartir experiencias con otros pacientes.

A tal efecto se han desarrollado áreas específicas para la atención integral de la epilepsia en numerosos centros de atención médica en todo el mundo, incluyendo a nuestro país. Asimismo es posible, a través de las conexiones de Internet, contactar sociedades científicas, asociaciones y ligas de lucha contra la epilepsia; por medio de las cuales se puede obtener información sobre la enfermedad en forma libre y gratuita.

En síntesis la enfermedad otrora considerada “divina” o “maldita”; resultó no ser ni divina ni maldita, sino una enfermedad más que puede ser diagnosticada y tratada convenientemente para beneficio de nuestros pacientes.

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