franco giambroneㅤimpulsando bienestar

Cuando la realidad no coincide con lo que esperábamos

Muchas veces no nos afecta solamente lo que sucede, sino también la distancia entre lo que sucede y aquello que esperábamos que sucediera. Revisar nuestras expectativas puede ayudarnos a relacionarnos de una manera diferente con los demás, con nosotros mismos y con la vida.

Virales

Imaginemos una situación sencilla.

Esperabas que alguien te llamara y no lo hizo. Que reconocieran tu esfuerzo y ese reconocimiento nunca llegó. Que una conversación terminara de determinada manera y ocurrió exactamente lo contrario. Que una persona reaccionara como vos hubieras reaccionado en su lugar.

¿Qué aparece entonces?

Decepción. Enojo. Frustración. Tristeza.

Y solemos concluir rápidamente que esas emociones fueron provocadas por lo que ocurrió.

Pero quizás haya algo más.

Muchas veces no reaccionamos solamente ante la realidad, sino también ante la diferencia entre la realidad que encontramos y la realidad que habíamos imaginado.

Ahí aparecen las expectativas.

Todos las tenemos. Esperamos cosas de nuestra pareja, de nuestros amigos, de nuestros hijos, de nuestros compañeros de trabajo, de nuestros líderes y también de nosotros mismos.

Esperamos cómo deberían comportarse, qué deberían comprender, cuánto deberían valorar lo que hacemos e incluso qué deberían decir en determinadas situaciones.

El problema no está necesariamente en tener expectativas. Sería prácticamente imposible vivir sin anticipar escenarios.

La dificultad aparece cuando olvidamos que una expectativa es una construcción nuestra y comenzamos a vivirla como si fuera un acuerdo que la realidad estuviera obligada a cumplir.

Y allí aparece una frase muy habitual:

“Yo esperaba otra cosa”.

Detrás de esas cuatro palabras puede existir mucha información.

Esperaba que me agradeciera.
Esperaba que se diera cuenta.
Esperaba que cambiara.
Esperaba que me eligieran.
Esperaba que saliera bien.
Esperaba poder hacerlo mejor.

La pregunta interesante podría ser entonces:

¿La otra persona sabía lo que yo esperaba?

Porque muchas veces aquello que para nosotros resulta evidente jamás fue conversado.

Construimos silenciosamente una expectativa y luego evaluamos al otro según el grado en que cumplió algo que quizás nunca supo que debía cumplir.

Esto ocurre frecuentemente en nuestras relaciones.

“Si realmente me conociera, debería darse cuenta”.

“Después de todo lo que hice, debería saber qué necesito”.

“Es obvio lo que tendría que hacer”.

Pero lo que para nosotros es obvio puede no serlo para alguien que observa el mundo desde otra historia, otras experiencias y otro punto de vista.

Volvemos así a una idea que desarrollamos en nuestra primera nota: cada persona observa la realidad desde su propio mapa.

Y cuando suponemos que los demás deberían interpretar las situaciones exactamente como nosotros, nuevamente corremos el riesgo de confundir nuestro mapa con el territorio.

EXPECTATIVA NO ES LO MISMO QUE ACUERDO

Hay una distinción que puede transformar muchas relaciones: una expectativa personal no es un acuerdo compartido.

Si necesito algo de otra persona, quizás sea más saludable expresarlo que esperar silenciosamente que lo adivine.

Si espero determinada conducta dentro de un equipo, probablemente necesite conversar sobre ella.

Si deseo algo dentro de una relación, puedo aprender a pedirlo.

Comunicar nuestras expectativas no garantiza que los demás las cumplan. Pero permite algo fundamental: reemplazar supuestos por conversaciones.

Y eso cambia profundamente la calidad de nuestros vínculos.

TAMBIÉN TENEMOS EXPECTATIVAS SOBRE NOSOTROS MISMOS

Hay otro territorio quizás todavía más exigente: aquello que esperamos de nosotros.

“Ya debería haberlo superado”.

“A esta edad tendría que estar en otro lugar”.

“No puedo equivocarme otra vez”.

“Debería poder con todo”.

Estas frases parecen describir nuestra realidad, pero muchas veces expresan estándares internos que hemos construido a lo largo de nuestra vida.

Y cuando nuestra experiencia concreta no coincide con esa imagen ideal, podemos transformar una dificultad en una sentencia sobre quiénes somos.

Tal vez en lugar de preguntarnos permanentemente si estamos cumpliendo nuestras expectativas, podamos aprender a observarlas:

¿De dónde viene esta exigencia?

¿Es realmente mía?

¿Sigue teniendo sentido hoy?

¿Me impulsa a crecer o solamente me castiga cuando no llego?

Desarrollo personal también significa revisar aquello que esperamos de la vida.

No para abandonar nuestros sueños, objetivos o deseos.

Todo lo contrario.

Se trata de aprender a sostener una dirección sin convertirla en una condición rígida para poder estar bien.

Podemos comprometernos profundamente con un resultado y, al mismo tiempo, reconocer que la realidad conserva una cuota de incertidumbre que no controlamos.

Quizás una vida más consciente no sea una vida sin expectativas.

Quizás sea una vida en la que aprendemos a reconocerlas, comunicarlas, revisarlas y, cuando sea necesario, soltarlas.

Porque muchas veces la realidad no está fallando.

Simplemente no está ocurriendo como nosotros habíamos imaginado.


PARA REFLEXIONAR

Una expectativa es una posibilidad que imaginamos, no un contrato que la realidad firmó con nosotros.

Antes de frustrarte porque alguien no hizo lo que esperabas, quizás valga la pena preguntarte:

¿Esto había sido conversado o solamente estaba ocurriendo dentro de mi cabeza?


Franco Giambrone
Coach Ontológico Profesional | Trainer en PNL
Fundador de Consultora Impulsando Bienestar

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