Hoy siento la necesidad de escribir por mí y por mis colegas, desde un lugar que ya no puede sostenerse: el del agotamiento, dejando en claro que esto no es una queja, es un límite.
“¿Quién cuida a quienes cuidan?” Por Isabel Marcos Muñoz
Estamos ubicados en una zona desértica, desamparados, olvidados, desvalorizados; tanto que ni las autoridades en instituciones de salud, ni las obras sociales (menos aún), ni los organismos del Estado nos tienen en cuenta. Somos tratadas como si no existiéramos, como si “cuidar del otro” no tuviera valor, como si ocupar los espacios donde la vida tiembla —crisis, padecimientos, soledades profundas— no formara parte de la realidad del mundo y de la vida misma.
Estamos silenciosamente en nuestro lugar de trabajo, cuando otros están reclamando a gritos sus derechos en las calles. Sostenemos procesos que no se ven, que no se miden, pero que son vitales. Y, sin embargo, nos hemos vuelto invisibles.
No nos ven. Con la misma facilidad y falta de empatía con la que se invisibiliza a las personas con discapacidad, se las niega. Pero existimos.
Somos Acompañantes Terapéuticas/os. Sostenemos lo que el sistema no quiere ver, pero debe entender que nos necesita para no quebrarse: cuerpos en crisis, subjetividades frágiles, vidas que dependen de una presencia constante.
Hoy escribo desde la decepción, desde un lugar que no debería existir: la desesperanza, la frustración y la profunda injusticia a la que nos someten un grupo de personas que no tienen idea de la entrega comprometida, del intercambio profundamente humano entre acompañante y acompañado, de la importancia del recurso complementario para enriquecer y potenciar los requerimientos asistenciales en los equipos dedicados al abordaje de patologías complejas.
Nuestra tarea implica una enorme responsabilidad humana, ética y profesional. Sin embargo, esta labor esencial no se ve reflejada en las condiciones en las que ejercemos.
Sostenemos, día a día, la vida de personas en situaciones de extrema vulnerabilidad. Contenemos crisis, acompañamos procesos complejos, ofrecemos presencia cuando todo lo demás falla.
Nuestra tarea no es menor: es esencial. No es un saber adquirido solo en teorías y generalidades. Cada individuo es único e irrepetible; por lo tanto, no hay fórmulas ni saberes acartonados que nos indiquen “cómo se hace” en cada caso. En la experiencia se va revelando la destreza y, entonces, descubrimos que la maestría no corre en una sola dirección.
Sin embargo, quienes sostenemos esa red invisible de cuidado, de afecto y de sentimientos encontrados, hoy estamos siendo empujadas al límite de la inestabilidad. Y esto tiene un nombre: precarización.
Cobramos con demoras de 90 días, en un contexto donde la urgencia económica no espera. Nuestros honorarios no se actualizan, perdiendo valor mes a mes frente a una realidad inflacionaria que nos golpea de lleno.
No contamos con vacaciones, ni aguinaldo, ni derechos laborales básicos pagos. Trabajamos sin estabilidad, sin respaldo, sin reconocimiento. Muchas veces trabajamos sin cobrar y, cuando la obra social paga, ya es tarde para sostenernos, porque estamos en el suelo de nuestra economía.
Este no es solo nuestro problema.
¿Cómo se puede cuidar desde el desgaste extremo?
¿Cómo se puede acompañar desde la angustia económica?
No se puede sostener a otros cuando el sistema te suelta la mano. Y, sin embargo, permanecemos al lado de nuestro acompañado, por el amor que nace de la vocación, aunque —técnicamente— eso no corresponda.
Se nos exige compromiso: lo damos.
Presencia: estamos.
Disponibilidad emocional absoluta: respondemos, porque creemos en lo que hacemos.
Pero con creer no alcanza cuando el sistema nos precariza hasta volvernos invisibles.
Esta no es solo una problemática laboral. Es una falla estructural en el sistema de salud y de atención social. Porque, cuando se vulnera a quienes cuidan, también se vulnera a quienes necesitan ser cuidados.
No somos recursos descartables.
No somos números.
No somos “acompañantes” en el sentido liviano del término.
Somos trabajadoras/es profesionales, con formación académica, con un título oficial (que se nos exigió para poder trabajar, y está muy bien), que esperan propuestas que den lugar a la esperada Ley del AT.
Hoy no solo quiero expresar mi angustia y malestar, sino exigir (como nos exigen, y como le exigen al afiliado mantener su prepaga al día):
- Pagos en tiempo y forma.
- Actualización urgente de honorarios.
- Reconocimiento de derechos laborales básicos.
- Condiciones dignas y humanas para ejercer nuestra tarea.
- Espacios reales de diálogo y construcción conjunta.
No pedimos más de lo justo.
Espero ser leída por quienes corresponde, y no como una queja aislada, sino como un llamado urgente a la responsabilidad y a la empatía, no solo por las/los AT, sino también por las familias que padecen el acceso a apoyos, educación, terapias y servicios de cuidado. Cuando el sistema de prestaciones se debilita o se paraliza, quienes resultan más afectados son las personas con discapacidad y sus familias y, en consecuencia, nosotros/as.
Porque, detrás de cada Acompañante Terapéutica/o precarizada/o, hay múltiples vidas que dependen de su sostén.
Esperamos respuestas. Pero, sobre todo, esperamos acciones.
Gracias.
Muñoz Marcos Isabel – Acompañante Terapéutica MT 0256
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