Especialistas anticipan que entre diciembre y enero podría aparecer un pulso seco en plena etapa crítica para la soja y el maíz. Aunque el fenómeno de La Niña avanza, los meteorólogos señalan que su impacto sería breve y débil, pero igualmente relevante para el agro.
Un pronóstico alerta sobre un inusual episodio climático hacia el final de 2025
El verano se acerca y, con él, el período en el que el agro argentino define buena parte de su destino productivo. La soja y el maíz, dos cultivos esenciales para la economía nacional, dependen de una oferta de agua constante para sostener su crecimiento. Este año, pese a un inicio con lluvias generosas en gran parte del país, aparece un nuevo interrogante: el avance de La Niña, un fenómeno que suele generar inquietud por su potencial influencia en las precipitaciones de la región pampeana.
El climatólogo Germán Heinzenknecht explicó que el enfriamiento del Pacífico Ecuatorial Central ya está consolidado. “El evento oceánico está muy desarrollado; el enfriamiento viene afianzándose desde octubre y se mantiene”, señaló. Sin embargo, aclaró que la verdadera señal de riesgo aparece cuando ese enfriamiento se refleja en la atmósfera y altera la circulación regional, algo que por ahora no ocurrió. De hecho, noviembre mostró un comportamiento estable, con lluvias relativamente bien distribuidas.

Pero el escenario cambia hacia adelante. De acuerdo con los modelos disponibles, el tramo más delicado de la campaña se ubica entre mediados de diciembre y la primera quincena de enero. Los estudios coinciden en que ese período podría presentar un faltante de lluvias o un pulso seco que afectaría el desarrollo de los cultivos. Heinzenknecht lo compara con lo sucedido el año pasado: un episodio acotado, sin características de sequía severa.

El especialista destaca que la circulación regional podría amortiguar los efectos del enfriamiento oceánico, reduciendo el impacto sobre las precipitaciones. Además, remarca que esta posible Niña tendría dos rasgos favorables: sería débil y de corta duración, lo que disminuiría las probabilidades de daños significativos. Aun así, no descarta momentos puntuales de estrés hídrico. “Si bien el fenómeno no sería intenso, el riesgo de algún pulso seco no se elimina”, advirtió.

El tramo crítico de la campaña, según Heinzenknecht, será justamente el que coincide con la mayor demanda atmosférica de los cultivos y la señal oceánica de enfriamiento. Ese pasaje entre diciembre y enero definirá hasta qué punto este episodio climático podrá afectar a la producción agrícola en 2025/2026. En un contexto donde cada milímetro de lluvia cuenta, el sector permanece atento a cómo se configure la variabilidad climática en plena etapa de crecimiento.

























