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La Casa Mínima: la historia y el mito detrás del edificio más angosto de Buenos Aires

Con apenas 2,50 metros de frente, la Casa Mínima se convirtió en una de las curiosidades arquitectónicas más llamativas de la Buenos Aires.

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Ubicada en el pasaje San Lorenzo 380, en pleno barrio de San Telmo, esta vivienda diminuta arrastra una leyenda de esclavitud, transformaciones urbanas y siglos de historia porteña.

Durante décadas, se sostuvo la versión de que la casa había sido el hogar de un esclavo liberto, a quien su antiguo amo le habría donado un pequeño terreno para construir su vivienda. Esa historia, transmitida de boca en boca, le valió el apodo de “la casa del esclavo liberto” y alimentó el misterio que aún hoy rodea al lugar.

La fachada es tan simple como impactante: una puerta de doble hoja pintada de verde, un balcón diminuto con rejas de hierro y un frente que combina pintura blanca con ladrillo a la vista. Su estrechez sorprende a vecinos y turistas, y funciona como una verdadera ventana al pasado colonial de la ciudad.

El nombre con el que se la conoce actualmente se lo dio el poeta Baldomero Fernández Moreno, quien la bautizó como Casa Mínima, denominación que terminó imponiéndose con el paso del tiempo. Si bien se cree que su origen es anterior a 1810, investigaciones posteriores relativizaron la leyenda del esclavo y aportaron nuevos datos sobre su verdadera historia.

Lejos de haber nacido como una vivienda independiente, la Casa Mínima formaba parte de una propiedad mucho más grande, ubicada sobre la esquina de Defensa. A fines del siglo XIX, la familia Lezica Peña transformó aquel antiguo caserón colonial de patio central en un conventillo, en un contexto marcado por la fuerte inmigración europea y el éxodo de las familias acomodadas hacia el norte de la ciudad tras la epidemia de fiebre amarilla.

En ese proceso, separaron una porción del inmueble —el antiguo altillo y la entrada de servicio— para crear una pequeña vivienda autónoma, con baño, cocina y patio propios. Para la época, se trataba de un espacio relativamente confortable, si se lo compara con las condiciones habituales de los conventillos. Así, en 1890, quedó configurada la Casa Mínima tal como se la conoce hoy.

Tras décadas de uso residencial y alquiler, el lugar atravesó un largo período de abandono, como ocurrió con muchos edificios históricos de San Telmo. La recuperación llegó recién en 1994, cuando el empresario Jorge Eckstein, también impulsor de El Zanjón de Granados, decidió rescatarla del deterioro.

Antes de restaurarla, se realizaron excavaciones arqueológicas para recuperar elementos originales y reconstruir la vivienda con la mayor fidelidad posible a su versión colonial. Incluso la escalera interna fue objeto de un minucioso trabajo de investigación, ya que los planos originales se habían extraviado y debieron reconstruirse a partir de referencias artísticas de época.

Hoy, la Casa Mínima puede visitarse mediante recorridos guiados y se consolidó como uno de los paseos más singulares de la ciudad. Más allá de su tamaño, resume buena parte de la historia urbana porteña: mitos, transformaciones sociales, arquitectura colonial y la permanente reinvención de Buenos Aires.

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