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Por qué el hambre puede hacernos enojar: qué dice la psicología sobre el fenómeno “hangry”

Sentir enojo cuando tenemos hambre no es una exageración ni una rareza. Según la psicología y distintos estudios científicos, la falta de alimentos altera el ánimo, genera irritabilidad y modifica cómo percibimos el entorno. Expertos explican el rol de la glucosa y del estrés en este proceso.

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La ciencia respalda una sensación que muchas personas conocen bien: el hambre puede causar malhumor y enojo. Lo que popularmente se conoce como “hangry” —una combinación de las palabras inglesas hungry (hambriento) y angry (enojado)— tiene una base psicológica y fisiológica comprobada.

Un estudio del psicólogo social Viren Swami, publicado en la revista PLOS ONE, confirmó la relación directa entre el hambre y la irritabilidad. Durante tres semanas, 64 adultos registraron varias veces al día su nivel de hambre y su estado emocional. Los resultados fueron claros: a mayor hambre, mayor enojo y menor satisfacción general.

Esto demuestra que el organismo no solo pide alimento, sino que también altera la percepción del entorno y afecta el vínculo con los demás. Incluso las personas con un temperamento tranquilo pueden volverse impacientes o irritables cuando el cuerpo necesita energía.

Desde el punto de vista fisiológico, el factor clave es la glucosa en sangre. Cuando disminuyen los niveles de azúcar, el cerebro se ve afectado, especialmente en áreas relacionadas con el autocontrol y la gestión del estrés. Esta alteración hace que sea más fácil reaccionar impulsivamente o explotar ante pequeñas frustraciones.

A esto se suma la respuesta del sistema nervioso, que interpreta el hambre como una amenaza y activa una alerta interna. En consecuencia, se elevan las hormonas del estrés, como el cortisol, lo que potencia la irritabilidad y el malestar general.

Los especialistas advierten que reconocer la causa es fundamental: si una persona comprende que su malhumor proviene del hambre, puede evitar conflictos o decisiones impulsivas.

La recomendación es simple: no pasar muchas horas sin comer y mantener una alimentación equilibrada. Antes de una reunión, una conversación importante o una situación que requiera paciencia, comer algo liviano puede marcar la diferencia. Si no se puede evitar el ayuno, ser conscientes del impacto del hambre ayuda a manejar mejor las emociones.

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