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Infancias hiperconectadas: cómo los videojuegos entrenan a los chicos en el consumo digital

Los videojuegos en línea, pensados para estimular la creatividad, se transformaron en un entorno donde la compra virtual reemplaza al juego simbólico. Expertos advierten que las infancias hiperconectadas aprenden antes a consumir que a imaginar, y alertan sobre la necesidad de acompañamiento adulto frente a este nuevo modelo de entretenimiento.

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Lo que alguna vez fue un espacio de creación y fantasía, hoy es un ecosistema donde los chicos aprenden a comprar antes que a jugar. Las plataformas como Roblox, Fortnite o Minecraft, que nacieron para fomentar la imaginación y el trabajo en equipo, se convirtieron en escenarios donde el valor del avatar depende del dinero invertido.

En apariencia, se trata de un juego libre y creativo. Pero detrás de esa dinámica, se esconde una estructura económica cuidadosamente diseñada: para avanzar o destacar, hay que pagar. Accesorios, habilidades especiales o mejoras visuales se obtienen a través de transacciones con dinero real. Lo que parecía entretenimiento inocente se transforma, de manera silenciosa, en una escuela temprana de consumo digital.

Del juego simbólico al mercado virtual

El juego infantil, según Piaget y Freud, es mucho más que distracción: es una forma de elaborar la realidad y construir la propia identidad. En el juego tradicional, los chicos representaban roles del mundo adulto —médicos, docentes, bomberos— para ensayar lo que veían y deseaban ser.

En cambio, en la era digital, esa función simbólica se diluye. La pantalla reemplaza al espacio compartido y el juego se vuelve una experiencia solitaria. El avatar ya no representa una fantasía, sino una marca personal que se mejora con dinero. Así, el “tener” sustituye al “ser”.

Las infancias, entonces, pasan de imaginar mundos a comprar pertenencias digitales. Los entornos que prometían libertad creativa hoy entrenan reflejos de consumidor, donde la recompensa instantánea y los estímulos visuales y sonoros constantes anulan la espera y el pensamiento reflexivo.

Una economía infantil en expansión

Mientras los adultos trabajan, los chicos participan —sin saberlo— en la economía digital global. Cada compra virtual, cada objeto dentro del juego, forma parte de un mercado que monetiza la atención infantil.
El tiempo de juego se convierte en un tiempo productivo para las plataformas, donde cada clic puede significar una venta más.

Recuperar el valor del juego

Especialistas en salud mental y educación coinciden: no se trata de prohibir los videojuegos, sino de restituir el acompañamiento adulto. Hablar sobre lo que se juega, poner palabras donde hay imágenes, proponer pausas frente al vértigo de los estímulos.

“Jugar también puede ser conversar, inventar historias, pensar lo que pasa en el mundo”, señalan los expertos. El objetivo es ayudar a los chicos a diferenciar lo que los entretiene de lo que los captura, y recuperar el valor simbólico del juego como espacio de aprendizaje, deseo e imaginación.

En tiempos donde el mercado se infiltra en cada rincón de la vida cotidiana, incluso en los juegos, el desafío es preservar la capacidad de pensar, crear y desear sin comprar. Solo así podrá sostenerse una infancia verdaderamente libre, donde la imaginación vuelva a ocupar el lugar del consumo.

(*) Columna escrita por el profesor licenciado Jorge Prado (M.N. 55.582), psicólogo especializado en clínica con niños y adolescentes. Docente de Salud Pública y Salud Mental II en la Facultad de Psicología (UBA) e integrante del Equipo Técnico del Dispositivo Escolar en Territorio de Educación Secundaria.

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