
Marcelo Sicoff
Psicólogo y escritor. Columnista especializado en análisis social y relatos de identidad.
Director del espacio literario y de opinión Crónicas de Baigorria.
Un día Friedrich Nietzsche descubrió que se estaba quedando ciego. O peor: que la ceguera le estaba robando las palabras. Llevaba cinco años sin escribir, arrastrando su cuerpo enfermo por pensiones de mala muerte, hasta que en 1881 se hizo traer de Dinamarca un artefacto mecánico y monstruoso: la bola de escribir Malling-Hansen. Era una máquina de escribir portátil, esférica, con una disposición de teclas casi demente.
Al principio pareció un ejercicio extraño. Pero Nietzsche conocía las Confesiones de San Agustín y el prodigio de San Ambrosio: leer sin mover los labios. Ahora podía hacer algo parecido: pensar sin abrir los ojos. Ahora podía hacer algo parecido: pensar sin abrir los ojos, teclear a oscuras y dejar que el pensamiento cayera limpio sobre la hoja en blanco. La máquina, con su ritmo de yunque, liquidó su vieja prosa explicativa. Lo obligó a la brevedad del hachazo, al aforismo seco, a la economía brutal del telegrama. Dejó de escribir tratados para empezar a escribir armas cortas. Y fue exactamente esa marea de frases breves y filosas nacidas de una máquina esférica, lo que años más tarde le dejaría el trabajo servido a la malicia de su hermana Elisabeth.
Pero no nos adelantemos. Mejor vayamos hacia atrás.
A 1870, a una reunión en la casa del compositor Richard Wagner. De la velada participa una joven Elisabeth Nietzsche. También está el hombre que se convertirá en su esposo, Bernhard Förster. En medio del humo y el fervor wagneriano, alguien tira la idea: hay que construir una ‘Nueva Germania’ fuera de Europa, porque el viejo continente ya está perdido bajo el control judío. Al tiempo, Förster viaja solo a Paraguay, un país totalmente destruido por la guerra, sin recursos económicos y con la urgente necesidad de recibir inmigrantes. Cierra un acuerdo con el gobierno paraguayo, regresa a Alemania, se casa con Elisabeth y, en 1887, la pareja se embarca hacia el corazón de Sudamérica para fundar su utopía aria en pleno monte tropical.
El 3 de enero de 1889, en Turín, Friedrich Nietzsche caminaba por la plaza Carlo Alberto cuando vio que el conductor de un carruaje se bajó con un látigo y comenzó a castigar cruelmente a su caballo. El filósofo se frenó, corrió con las pocas fuerzas que le quedaban, se abrazó al animal y empezó a llorar desconsolado. Después se desplomó.
Mientras tanto, en Paraguay, el delirio de la utopía aria se derrumbaba. Elisabeth regresó a Europa con el proyecto de Nueva Germania quebrado, el suicidio de su esposo a cuestas y repleta de deudas. Al llegar, se encontró con un hermano colapsado, en estado vegetativo. Pero también descubrió algo más: que los textos de Friedrich empezaban a ser devorados por la intelectualidad europea. Entonces decidió darle una mano extrema. La extrema derecha.
Empezó a edificar un perverso culto a la personalidad. Convirtió la casa familiar en un santuario y organizó visitas guiadas para que los fieles pudieran ver al filósofo postrado en la cama, mudo, como un trofeo de caza. Poco después fundó el Archivo Nietzsche, una institución destinada a recopilar toda su obra.
Y a hacer otras cosas también.
Friedrich Nietzsche había muerto, pero su obra no. Había dejado miles de páginas, cuadernos, notas, aforismos y fragmentos sueltos. Elisabeth comenzó un minucioso trabajo artesanal; empezó a coserlos a su gusto, según sus propias obsesiones. Tomó textos escritos en momentos distintos, los reorganizó y los presentó como fragmentos de una obra que nunca había existido. El resultado fue La voluntad de poder.
Ese es el título del libro de Nietzsche.
De Elisabeth Nietzsche.
Durante décadas fue leído como la culminación del pensamiento nietzscheano. También se convirtió en lectura favorita de nacionalistas, racistas y reaccionarios de medio mundo. Todavía hoy hay quienes sostienen, con una pereza intelectual bastante cómoda, que ella fue una simple compiladora y que el filósofo es, en definitiva, el autor de esas páginas. La conclusión viene servida de antemano: después de todo, Nietzsche no era tan distinto de los que lo usaron.
Hicieron falta décadas de investigación minuciosa para que la filología demostrara la tergiversación. Pero el daño ya estaba hecho. La operación fue tan exitosa que, en 1935, cuando Elisabeth murió, Adolf Hitler asistió a su funeral y posó para las fotografías junto a su féretro.
Mientras tanto, la vieja bola de escribir Malling-Hansen seguía guardada en algún cajón.
Nietzsche pasó los últimos once años de su vida sin volver a escribir una sola línea.
Su hermana pasó buena parte de esos mismos años escribiendo sobre él.
Durante mucho tiempo el mundo creyó estar leyendo a Nietzsche.
Y estaba leyendo a su hermana.























