Marcelo Sicoff

El criador de piojos

Opinión

 

Marcelo Sicoff

Marcelo Sicoff

Psicólogo y escritor. Columnista especializado en análisis social y relatos de identidad.
Director del espacio literario y de opinión Crónicas de Baigorria.

Durante la Segunda Guerra Mundial había en Polonia un parasitólogo llamado Rudolf Weigl. Bueno, decimos que estaba en Polonia porque Lviv, su ciudad, era un lugar donde las fronteras se movían como la arena. A veces era Rusia, a veces Alemania; hoy es Ucrania. En ese territorio que cambiaba de nombre según el uniforme del que ganaba, Weigl se dedicaba a lo suyo: criar piojos.

El equipo de Weigl metía los piojos en unos estuches de madera finita, casi de papel, con agujeros apenas más grandes que una cabeza de alfiler. La perforación era tan mínima que los insectos solo podían asomar la cabeza. Después colocaban las cajas sobre los muslos de los que entregaban la piel y esperaban en silencio las picaduras.

Weigl comandaba el Instituto de Lucha contra el Tifus. Había desarrollado una vacuna eficaz contra el gran terror sanitario de los ejércitos: el mismo mal que le había costado miles de hombres a Napoleón en su retirada de Rusia. Los alemanes le tenían pánico al tifus. Por eso, cuando el mapa empezó a llenarse de alambrados, la cría de piojos se convirtió en una carrera desesperada contra el tiempo.

El mecanismo de la peste es de una perfecta exactitud: el piojo pica, chupa sangre y deposita sus excrementos al lado de la herida. La víctima se rasca, la uña arrastra el excremento hacia el torrente sanguíneo y el tifus hace el resto. A Weigl no le importaba el insecto: le interesaban las bacterias que vivían en sus intestinos. Su obsesión era de una escala microscópica: con una paciencia infinita, el parasitólogo era capaz de sujetar un piojo vivo con las pinzas y, mediante una aguja capilar casi invisible, inocularle el cultivo de bacterias directamente por el ano.

Entonces Weigl empezó a reclutar a sus alimentadores. Los buscó en los círculos académicos judíos, en las células de la resistencia y a través de sus conexiones subterráneas. Así, el instituto se llenó de civiles, partisanos e intelectuales. También de algunos que venían de los guetos y de las prisiones de la Gestapo. El carnet del Instituto Weigl era un salvoconducto.

Más de cinco mil personas salvaron la vida alimentando piojos.

Mientras los nazis avanzaban por Europa y los trenes seguían llegando cargados a los campos de concentración, en el Instituto Weigl ocurría algo distinto. Profesores universitarios, músicos, estudiantes y científicos se dejaban picar por piojos para seguir vivos. Que a uno le quemaran la ropa, le afeitaran la cabeza, las axilas, el pubis y hasta las cejas para alimentar piojos cinco días a la semana era un precio razonable. Al fin y al cabo, era el costo de seguir respirando.

Durante años, los alimentadores entraron y salieron del instituto con las piernas marcadas por las picaduras y un carnet en el bolsillo. Afuera podían detenerlos, deportarlos o fusilarlos. Adentro eran indispensables.

Los piojos los necesitaban vivos.

La posguerra no tuvo piedad con Weigl. Cuando las armas se callaron, los burócratas del nuevo orden polaco lo acusaron de colaboracionismo por haber mantenido abierto su instituto bajo el ala alemana. Murió el 11 de agosto de 1957 en un pueblo de montaña, olvidado y sospechado por los mismos que habían sobrevivido gracias a su silencio.

El Nobel, por supuesto, se lo dieron a otro.

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