Por Mariano Fernández
El otro día me pasó algo raro.
Estaba mirando fotos viejas. De esas que el celular te escupe sin que las busques. Un cumpleaños. Un recital. Un amigo que ya no veo. Una tarde cualquiera que, en su momento, parecía no tener importancia.
Y pensé algo inquietante.
Gran parte de mi memoria está guardada en lugares que no son míos.
Las fotos. Los videos. Las conversaciones. Las ideas que escribí a las tres de la mañana creyendo que estaba descubriendo algo importante.
Todo eso está ahí.
Pero no es mío.
Y me dio gracia.
Porque nosotros, que discutimos durante años quién era dueño de la tierra, quién era dueño de las fábricas, quién era dueño de los medios de comunicación, entregamos nuestra vida digital con una facilidad pasmosa.
Aceptamos los términos y condiciones sin leerlos.
Como hacemos con casi todo lo importante.
Subimos fotos de nuestros hijos. Guardamos recuerdos. Construimos amistades. Nos enamoramos. Trabajamos. Nos peleamos. Armamos proyectos.
Y todo ocurre en territorios ajenos.
Como si viviéramos en un castillo hermoso.
Con buena iluminación, música de fondo y conexión rápida.
Pero castillo al fin.
Con dueño.
Porque internet nos hizo sentir propietarios cuando, en realidad, somos habitantes.
Habitantes bastante cómodos, es cierto.
Pero habitantes.
Y cada tanto aparece un recordatorio.
Una cuenta que desaparece.
Una publicación que nadie ve.
Una regla que cambia sin preguntar.
Entonces descubrimos algo incómodo.
Que pasamos años construyendo una casa en un terreno prestado.
No digo esto con nostalgia ni con miedo.
Al contrario.
Internet también nos permitió encontrarnos. Crear. Aprender. Decir cosas que antes no tenían lugar.
La tecnología hizo cosas maravillosas.
Pero quizás ya sea hora de hacernos algunas preguntas.
¿De quién son nuestros datos?
¿De quién son nuestras comunidades?
¿De quiénes son los recuerdos que dejamos ahí?
Porque tal vez la gran discusión política de este siglo no sea solamente económica.
Tal vez sea una discusión sobre la propiedad de nuestra propia vida digital.
Y quizás el verdadero progreso no consista en tener cada vez más plataformas.
Sino en tener cada vez más derechos dentro de ellas.
Después de todo, una sociedad mejora cuando las personas dejan de ser invitadas y empiezan a ser ciudadanas.
También en internet.
Porque sería una pena descubrir, dentro de veinte años, que la memoria de toda una generación quedó guardada en un castillo que nunca fue suyo.
Porque los recuerdos deberían tener dueño.
Y, en lo posible, que ese dueño seamos nosotros.
























