Es fascinante lo que logramos como especie: convertir la tragedia en entretenimiento y el horror en una quiniela global. Ya no alcanza con mirar una guerra; ahora también podemos pronosticarla. ¿Cuántos misiles? ¿Qué ciudad? ¿Quién gana? Falta que alguien arme la tabla de posiciones y reparta premios.
La muerte, al parecer, encontró sponsor.
Pero lo verdaderamente inquietante no es la apuesta. Es la naturalidad. La forma en que todo esto entra en la rutina, entre un café y un scroll. Sin escándalo. Sin pausa. Sin culpa.
Las personas se volvieron datos.
Las guerras, contenido.
El dolor, una estadística que se actualiza en tiempo real.
Y nosotros ahí, mirando.
Algunos, desde la trinchera. Otros, desde el sillón. La mayoría, desde el dedo índice.
No culpemos al algoritmo; él solo nos da el veneno que nosotros pedimos con entusiasmo.
La tecnología no hizo esto sola. Solo perfeccionó algo que ya estaba en nosotros: la capacidad de mirar sin involucrarnos. De reducir al otro a una cifra. De convertir la distancia en excusa.
El algoritmo no tiene emociones. Pero nosotros empezamos a parecernos bastante.
Buscamos estímulo, no sentido.
Reacción, no reflexión.
Dopamina, no empatía.
Antes, deshumanizar era un acto extremo. Hoy es un hábito elegante. No hace falta odiar: alcanza con no sentir.
Y en ese proceso, quizás estemos asistiendo a algo más profundo: la última versión de nosotros.
Una versión más eficiente. Más rápida. Más adaptada.
Pero también más fría. Más sola. Más fácil de reemplazar.
No es evolución. Es una actualización sin garantía de humanidad.
Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿cuándo fue la última vez que algo que viste en una pantalla te dolió de verdad?
No para compartirlo. No para comentarlo.
Para sentirlo.
Porque tal vez el problema no sea que la inteligencia artificial no tenga alma.
Tal vez el problema es que nosotros estamos aprendiendo a vivir sin usarla.
Otros dirán que esto ya pasó. Que siempre fuimos así.
Pero nunca fue tan fácil. Nunca fue tan rápido. Nunca fue tan rentable.
Nunca fue tan invisible.
Sin embargo, todavía hay algo que no se puede programar.
Una incomodidad que insiste.
Un pequeño defecto de humanidad que no termina de corregirse.
Ese gesto mínimo de no aceptar del todo.
Esa pausa antes de seguir de largo.
O incluso —más simple—
esas ganas de seguir leyendo este texto.
Quizás ahí, en ese resto imperfecto, todavía quede algo de nosotros.


























